En agosto de 2019, las imágenes de la selva amazónica en llamas conmocionaron la conciencia global. La “temporada de quema” anual, el período en el que se queman áreas recientemente deforestadas para despejar el área para la agroindustria, no era nueva. Sin embargo, la creciente comprensión global del papel de la selva tropical en la lucha contra el cambio climático chocó con el asalto del régimen de Bolsonaro a la Amazonía y las dramáticas imágenes que circulaban en las redes sociales. Las ciudades brasileñas fueron oscurecidas por espesas nubes de humo de los incendios, catalizando la indignación brasileña e internacional.
La situación puso de relieve las amenazas que enfrentan los indígenas, los quilombolas (descendientes de esclavos afrobrasileños que escaparon de la esclavitud antes de su abolición en Brasil) y las comunidades rurales de la vasta Amazonía brasileña. Sus territorios están bajo una presión creciente de una economía extractiva que prioriza las ganancias sobre las personas. Las industrias destructivas son tanto ilícitas (tala ilegal, minería y cultivo de drogas) como gubernamentales (agroindustria, proyectos mineros como Belo Sun y otra infraestructura como presas, carreteras y ferrocarriles). El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha dejado claro su desdén por el reconocimiento legal de los territorios indígenas y ha trabajado para legalizar actividades anteriormente ilegales en ellos.
El Amazonas está en llamas una vez más este año, y para la mayoría esto es indiscutible. Nasa, Inpe y MAAP publican informes mensuales que describen la deforestación y los incendios posteriores que destruyeron el Amazonas. Sin embargo, la administración de Bolsonaro ha lanzado una ofensiva de relaciones públicas, intentando mitigar las críticas internacionales. Están propagando una serie de mentiras, que requieren la siguiente verificación de hechos.





